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En un agujero en el suelo vivía un Hobbit, Es algo que de conocido ha pasado a tópico. Tanto que en 1980 pasó a recogerse en un libro de frases célebres inglesas. Sin embargo quizá, y sólo quizá, hubiera sido más comprensible un '¿dónde dice éste que vive quién?' ¡Ah!, era un agujero-hobbit y eso significa comodidad. 'Pues vale, si tú lo dices '. ¿quién, alguno de vosotros se hizo estas preguntas? Habíamos entrado en la historia, 'y eso significa confianza'. Así lo hice yo también hace unos meses. Por supuesto, no era la primera, ni siquiera la tercera, tampoco la quinta vez. Desde luego no era la última. 'Y eso significa máxima confianza' en un escritor que no defrauda, que tiene mucha cuerda (si le dejamos soltar ovillo). Yo siempre he creído que la profundización en una obra a lo largo de múltiples relecturas y puntos de vista no priva al lector en absoluto del principal de sus objetivos (ese 'placer por contar y escuchar historias'), sino que puede llegar a acrecentarlo y solidificarlo. Después de todo tal profundización nace de tal placer, primero e imprescindible. Por supuesto esta actitud no puede ser algo ajeno a la Tierra Media, cuyo autor era un fanático de esos detalles, tal y como se refleja en su trabajo diario y en alguna obra. Especialmente pienso en Niggle, el personaje más autobiográfico, cuyo nombre (¡siempre los nombres!) significa "perder el tiempo con detalles nimios, preocuparse por minucias", pero a nadie se le ocurriría pensar que por su infinito amor a las hojas dejaba de amar los árboles o los paisajes. Nosotros, como Gandalf, no dejaremos pasar el pollo frío y los encurtidos de Bilbo por más que nos sepamos de memoria su despensa. Claro que hay muchas maneras de degustar los platos. Me temo que yo tengo una natural tendencia no sólo a perder el tiempo con detalles nimios, sino a perderme yo mismo entre ellos. Posiblemente esta conferencia no sea sino una recolección de minucias, pero tal vez al final podamos entre todos darle un enfoque más global Pero yo quería además de profundizar en algunos aspectos, si ello fuera posible, transmitir a través de las minucias ese placer primario de escuchar historias. Cabe pensar que es ya imposible para ninguno de nosotros el releer a Tolkien con la dosis de ingenuidad y sorpresa de la quasi-sagrada primera vez. Quizá sea cierto, pero sólo en parte. Todo es cuestión de la actitud que mostremos ante el libro. Creo que si acudimos a él con la humildad del que sabe que tiene mucho que aprender y disfrutar, podemos volver a salir muy satisfechos, sorprendidos de nuevo. Ésa es al menos la experiencia que yo he vivido y os quiero comunicar ahora. Como decía antes, es cuestión de 'confianza'. Así podremos, de nuevo, hacernos las preguntas básicas: ¿de qué trata este libro?, ¿me gusta, por qué?, ¿qué me sugiere?, ¿dónde se sitúa la acción?, ¿quiénes y cómo son los personajes principales?Si lo hacemos así, nos reencontraremos con la magia de Tolkien, la que ha cautivado a millones de personas, volveremos a redescubrir la Tierra Media. Especialmente en el Hobbit, pues ésta es una de las primeras finalidades que cumple, quizá la principal: iniciarnos en un nuevo mundo de fantasía.
1- La Cotidianidad de lo Fantástico.
También para nosotros, como para Bilbo, puede haber un 'redescubrir el propio mundo' más que un 'iniciarse' (aunque en definitiva ambas cosas son caras de la misma moneda). Bilbo nos presta sus ojos de hombre moderno para descubrir con los lectores el mundo antiguo, el mundo de las leyenda, fantasía. Es más, en muchas ocasiones parece que es sólo Bilbo el ignorante y tanto nosotros como el narrador ya sabemos (o deberíamos saber) cómo son estas cosas de los dragones y los elfos en realidad: 'No seas tonto Bilbo Bolsón, ¡pensando a tu edad en dragones y en tonterías estrafalarias!'(42). Pero, 'los dragones, sabéis, roban oro y joyas a hombres, elfos y enanos' (37). 'Quizá, pues es costumbre entre los dragones,...' (38). 'Los Trolls, como seguramente sabéis, tienen que estar bajo tierra antes del alba' (57). '(el día del Año Nuevo de los enanos es) como todos sabréis sin ninguna duda, el primer día de la última luna de otoño' (71). 'Si hubiera estado más enterado de las mañas astutas de los dragones ' (263). 'Había olvidado el sentido del olfato de los dragones, o quizá nadie se lo había dicho antes'... 'Pero Bilbo no era tan ignorante en materia de dragones como para acercarse' (264). 'Esta es, por supuesto, la manera de dialogar con los dragones'... 'Ningún dragón se resiste a una fascinante charla de acertijos' (265). 'La charla de un dragón causa este efecto ¡en la gente de poca experiencia!' (268); ¡ni que fuese todos los días a tomar el té con dragones! Sabéis, sabéis, poca experiencia... ¿por qué tendríamos que saber o que haber experimentado? Desde luego es una licencia, bastante efectiva por cierto, para acercar al lector a ese nuevo mundo. ¿O acaso es posible que además de querer introducirnos, se refiera a que verdaderamente lo sabemos, o podríamos haberlo sabido? La aventura que Tolkien nos propone es un juego en muchos sentidos. Es el juego, por ejemplo, de entrar en un libro que, de alguna manera, nos pide una contraseña, un guiño de complicidad con el narrador, un dejarnos llevar. Él nos cuenta la historia a nosotros, pero a veces nos parece que estamos bastante más metidos que nuestro protagonista. Al autor le damos un cheque en blanco en el que le decimos, dime lo que quieras que si me convence me lo creo y me voy de aventuras mucho antes que el propio Bilbo. ¡Qué lector no ha estado soñando con oro antes de que Bilbo les dé el sí! Pero luego está el juego de la relectura y de la crítica, el juego en el que nosotros buscamos nuevas cosas, en el que miramos bien ese cheque en blanco y, por así decirlo, vemos con qué fondos hemos pagado el mismo y qué nos ha sido entregado a cambio. Y este Tolkien ¿de qué me ha estado hablando?; ¿es realmente cierto que hay dragones y son como él dice? Es una pregunta básica. Y, repito, ¿podríamos haberlo sabido de verdad ? en el fondo seguimos en su juego, dándole otro cheque al autor, aunque creamos estar cobrándole por abusar de nuestra credulidad. Porque a Tolkien le gusta mucho jugar a las relecturas.
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