Húrin no cayó, porque Morgoth lo quería vivo. Corrían rumores de que Húrin y Huor habían estado en el reino escondido de Gondolin. Verdaderamente habían estado allí en su juventud, cuando se perdieron en Dimbar y las Águilas los llevaron a la ciudad secreta. Turgon los había recibido con cariño y al cabo de un año los dejó ir; juraron no delatar a nadie dónde habían estado ni qué habían visto allí. Húrin cumplió su promesa incluso en prisión y Morgoth no obtuvo más que palabras de burla. Por ello lo sentó en una cima de Thangorodrim, lo maldijo y se ocupó de que supiera todo sobre los amargos destinos de sus hijos, Túrin y Nienor, y su esposa Morwen. Morgoth lo dejó en libertad, un año después de la muerte de Túrin y Nienor. Su corazón y su mente se habían ennegrecido por la aflicción. Lleno de amargura vagó próximo a Crissaegrim, porque quería volver a ver Gondolin. En parte, así fue como fue descubierta su situación, pues estaban observándole. Entonces fue en busca de la piedra bajo la que descansaban sus hijos en Cabed Naeramarth y encontró allí a Morwen, moribunda. Marchó a Nargothrond, donde halló a Mîm y lo mató. De los tesoros de Felagund, que seguían amontonados tal como los había dejado el dragón, se llevó el Nauglamír. En Menegroth lo echó a los pies de Thingol y le reprochó con amargas palabras los escasos cuidados otorgados a la familia de Húrin, de cuyas heroicas hazañas siempre se había beneficiado. Con una larga mirada telepática, Melian le instruyó sobre la verdad. Húrin partió y dicen que se arrojó al Mar Occidental. Húrin descendía de la Casa Hador y estaba emparentado con muchos otros héroes de los Tres Linajes de los Edain. |
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