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Relatos

Ataque al Monte Aurth

por Wrolff de Wueden Thall

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Svíarr estaba agachado tras unas rocas en las estribaciones orientales de las Montañas Nubladas. Junto a él, Fithr sostenía un reloj de arena, por el que se escurría el tiempo. Un Enano sin armadura se acercó arrastrándose y saludó con un gesto.

- Los cuervos han traído el mensaje, Svíarr. Los khârz de Falr y Hárrfíli están en posición cerca de la puerta sur. Falr dice que usarán las ballestas incendiarias antes de asaltar la entrada. Jófr y Virfir creen que es posible un ataque frontal por la puerta del valle. Y el joven Bítr se queja de que resistir una posible salida por las poternas secundarias no satisface a sus hombres.

-¿Tú que piensas, Báin? - preguntó Svíarr.

- Bueno, Svíarr, tú eres el comandante en jefe -respondió el mensajero.

- Eso es verdad, pero no soy el Heredero de Thrór. Soy un minero pobre de las Montañas Grises, como tú, como Fithr, como todos aquí. Me interesa la opinión de los de mi clan.

- Entonces, te diré que es normal que la gente de Bítr se queje por permanecer apartados del combate -dijo Báin con un brillo tétrico en la mirada.-Todos queremos luchar. La furia hierve en nuestras venas. Mi abuelo me hablaba de Moria, ¿sabes? Me cantaba canciones sobre el mithril y las salas llenas de lámparas luminosas. Aquello fue el principio de nuestra desgracia. Ahora podemos recuperar el orgullo. Lucharemos bien.

Svíarr miró al mensajero.

-Gracias, Báin. Vuelve a tu puesto. Ya falta poco - dijo con un suspiro.

El Enano se fue, arrastándose como había venido. En el silencio sólo se oía la pesada respiración de los dos líderes.

- Aunque yo no sea de tu clan -interrumpió Fithr, sin levantar la vista del reloj de arena-, déjame decirte, Svíarr, que sé lo que te pasa.

- ¿A qué te refieres? - inquirió el otro, girándose.

- No crees que esta guerra vaya a significar la recuperación de la gloria de los Enanos. ¿verdad? Quizá matemos a unos Orcos. Quizá los exterminemos a todos. O quizá nos exterminen ellos. Pero ya no hay lugar en el mundo para nosotros.

- ¿Lo hubo alguna vez?

Fithr se ensimismó observando la caída de la arena.

- Si lo hubo -dijo finalmente- lo perdimos por nuestra avaricia.

- Demasiado complicado para un pobre minero, Fithr. Demasiado frustrante.¿Cuánto falta?

  -quiso saber.

- Nada -el último grano cayó.-Es la hora.

- De acuerdo. - Svíarr se ató la hebilla del pesado yelmo. -Cuando mis tropas de asalto empiecen a correr, da la orden a los ballesteros. Y cuando te haga la señal, puedes avanzar con las tropas pesadas. En realidad, ya sabés en qué consiste.

-Suerte, Svíarr.

-Lo mismo te deseo.


Vírfir se acercó al Hombre. Era el guía prometido por la ciudad, un tipo gigantesco y un poco delgaducho que les había llevado hasta las poternas secundarias del Monte Aurth. Los Enanos ya disponían en realidad de informes sobre las salidas principales y alguna de las más pequeñas, pero nunca había que menospreciar el conocimiento de los naturales de la zona. Este norteño -"se llama Wrolff", recordó Vírfir- había confirmado casi todas sus previsiones, además de revelarles una puerta desconocida para ellos, que el impaciente Bítr se encargaba de vigilar. Wrolff era bastante joven según los cómputos de los Hombres y había algo en él que gustaba a Vírfir, algo común que les unía. Había insistido en participar en el ataque frontal y el Enano no había sabido qué responder. Hasta cierto punto, se trataba de una guerra sagrada, un asunto entre los Hijos de Mahal y esos repugnantes engendros del Mal. Más aún, se trataba de un asunto de honor, de una ofensa que no podía ser perdonada. Era, sobre todo, un asunto de venganza.

- Bueno, joven Wrolff, vamos a empezar enseguida. ¿Aun quieres participar?

El explorador se apoyó en su hacha, tan grande como el propio Vírfir.

- Sí, noble Vírfir, lo he deseado siempre.

- Eso es difícil de creer. Hasta ayer no sabías que habría guerra -respondió Vírfir mientras guardaba su medallón de oro bajo la cota de anillos entrelazados.

-Quiero decir que siempre he querido luchar contra los Orcos. En su terreno. Llevar el terror a sus guaridas. De niño... bueno, a todos nos ha atemorizado siempre la sombra del Monte Aurth. Si te alejabas demasiado del pueblo, temías encontrarte con Orcos, ya sabes. 

A medida que hablaba una luz febril se iba encendiendo en los ojos oscuros del Hombre. El primer pensamiento de Vírfir fue ordenarle que no participara. Había oído historias sobre norteños que se volvían locos en el fragor del combate y arremetían contra amigos y enemigos con una fuerza desproporcionada, insensibles al dolor o el miedo. Algunas leyendas hablaban incluso de guerreros que se convertían en oso y devoraban los cadáveres del enemigo. ¿Sería eso lo que causaba ese brillo en la mirada del guía? ¿O era algo más familiar, algo que veía en los ojos de casi todos los voluntarios del ejército, algo que se reflejaba en las profundas cuencas del anciano Falr con más fuerza que el agua que horada la roca o el viento que suaviza la piedra? Vírfir comprendió por qué tenía la sensación de compartir algo con Wrolff, de tener algo en común. El Hombre no había querido comentarlo, igual que ellos no habían explicado el motivo de la contienda a los habitantes de Woeden Thall, pero Vírfir estaba seguro de que aquella también era la guerra de Wrolff. Por los mismos motivos, por los mismos agravios.


-¡Baruk Khazâd! ¡Khazâd aimênu!

El grito surgió de doscientas gargantas hinchadas de odio. Una masa de Enanos forrados de acero se abalanzó contra la puerta en llamas, subiendo la cuesta con inusitada rapidez. Al frente iba Hárrfíli, el hacha en la mano, el escudo en alto para protejerse de las flechas negras. El sol del mediodía caía sobre el kharz, convirtiéndolo en una marea de furia ígnea. Sobre las cabezas de los enanos volaban gruesas saetas incendiarias y proyectiles de catapulta ligera, marcando una cadencia mortal que ya había quebrado la línea de los defensores, allí en la puerta. Falr dirigía a los ballesteros y la artillería, que habían traído desmontada desde las Montañas Grises. La voz del anciano, ronca ya por el esfuerzo, anunciaba cada pocos segundos una nueva lluvia de muerte sobre los Orcos, que apenas podían hacer tiros aislados, cegados por el sol, el humo y la sorpresa.

Hárrfili llegó a la puerta, seguido a pocos metros por los hombres de su clan. Hachas de los Enanos, gritaban, hachas de los Enanos. Se abalanzó salvajemente sobre el primer Orco que vió, golpeándole con el escudo primero; luego, perdiendo éste el equilibrio, lanzó un cruel golpe contra la cintura. El hacha atravesó la armadura de cuero y salpicando líquido negro golpeó hasta el hueso. Hárrfíli no se detuvo a comprobar el resultado final. Saltó hacia el interior, donde un grupo de criaturas intentaban reagruparse.

- ¡A mí, mineros de Hárr! ¡La puerta es nuestra! 

Aislado momentáneamente entre aquellos Orcos, Hárrfíli empezó a hacer molinetes con el hacha. Le arrojaron una lanza, con miedo, sin fuerza, que rebotó contra la impenetrable armadura del Enano. El escudo cubierto de runas paró dos poderosos mazazos. El hacha de Hárrifíli destelleó a la luz de las llamas y seccionó un brazo negruzco. El siguiente golpe se hundió en un pecho, haciendo saltar anillos de metal. El clan de Hárr ya había rebasado la puerta y se lanzaba hacia el interior enarbolando los grandes azadones de combate. Tras ellos todo el kharz se apresuraba, amontonándose en la entrada. Hárrifíli golpeaba sin cesar a su alrededor, un remolino de plata y negro. ¡Los Enanos están sobre vosotros! ¡Khazâd aimênu! Los voluntarios que se hacinaban en la entrada se apartaron disciplinadamente para dejar pasar una hilera de ballesteros de Falr. Formaron dos filas de diez hombres y dispararon sobre los resistentes, con precisión mecánica. ¡Khazâd! ¡Khazad aimênu! Las pesadas puntas forjadas en acero bien templado se hundían profundamente, atravesando mallas, cuero, piel, hueso. ¡Khâzad aimênu! La gente de Hárr cargó otra vez, su líder a la cabeza. Los Orcos, pocos ya, aterrorizados, se dieron a la fuga, abandonando armas y escudos, y corrieron túnel abajo, entre horribles aullidos de alarma. Algunos sólo pudieron avanzar unos pocos pasos, antes de caer rodando con una saeta en la espalda.¡Khazâd! ¡Khazâd! Los Enanos emprendieron la persecución, adentrándose en las oscuras raíces del Monte Aurth.


Svíarr se había quitado el yelmo. Sus cejas, curiosamente finas, dibujaban siluetas extrañas a la luz vacilante de la lámpara. Algunos de sus capitanes le rodeaban, sentados en infectos taburetes de madera, apenas más que tocones arrancados. No parecía importarles que alguno estuviera manchado de sangre, ni tampoco les molestaba el pesado aire a putrefacción que impregnaba los túneles tras el combate.

- ¿Dónde está Hárrfíli? ¿No ha mandado a nadie para informar? -preguntó.

- Lo vi dirigirse a la cerca de los prisioneros -anunció Fithr. -Me dijo que no tardaría mucho. Estará al llegar. Creo que podemos dar comienzo sin él.

-Sea, pues. Empieza tú, Bítr.

El Enano pelirrojo se levantó con cierto aire de hastío.

- Sin novedad en ninguna de las poternas secundarias. Algunos Orcos trataron de huir, desertores, probablemente. Quizá alguno fuera un mensajero. Hemos apresado unos cuantos y matado al resto. Francamente, Svíarr, me parece que con la ocupación del primer nivel la vigilancia en las poternas es innecesaria. Si te preocupan, haz que me ayude otro khârz y las bloquearemos. Pero no tengas a mis hombres lejos del combate otro día más. Se quejan continuamente, y yo también.

- De acuerdo, Bítr. ¿Vírfir?

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