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El invierno de 1311

por Alejandro Murgia | Página 1 de 7

Cuando comenzaron a caer los primeros copos de nieve, Bungo Bolsón se encontraba en el jardín anterior de Bolsón Cerrado, junto a su hijo Bilbo y a Cavada Manoverde, ambos jóvenes entusiastas de 21 y 19 años respectivamente. Los tres estaban muy atareados trasladando las lajas que acababan de comprar para el piso del vestíbulo, cuando el primer copo de nieve del invierno aterrizó exactamente en el centro de la narizota de Bungo. El sorprendido hobbit extendió la mano para palpar la consistencia de los copos, alzó la vista, y examinando concienzudamente el horizonte sentenció:

- Gris en las quebradas, nieve hasta las quijadas, como decía mi padre. Muchachos, nos espera una nevada copiosa, y a juzgar por la época, un invierno especialmente crudo.

Y estaba en lo cierto. Aquel invierno habría de ser recordado durante años como el más duro del que se tuviera memoria en la Comarca. Con lo cual queda demostrado que los dichos de los hobbits rara vez dejaban de dar en el clavo, incluidos los del padre de Bungo, quien prácticamente no había hecho mucho más en la vida que sentarse plácidamente a contemplar el horizonte y a elaborar sabias sentencias, tal como se esperaba de un respetable miembro del clan Bolsón.

- Démonos prisa y entremos las losas que faltan- había dicho Bungo alentando a sus compañeros de fatigas - Hay una suculenta merienda humeante esperándonos y no veo la hora de encontrarme cara a cara con ella.
Y sin más, como si la mención de la merienda le hubiese avivado la ansiedad, había dado media vuelta para meterse en su acogedor agujero-hobbit, ante el estupor de Bilbo y Cavada. - ¡Belladona! ¡El té y los pasteles! Pronto veremos la Colina cubierta de nieve y quiero estar junto al fuego fumando mi pipa para ese entonces, gozando de un merecido descanso.

Lo de merecido descanso podía sonar sorprendente a quien los hubiese visto en acción. En realidad, la parte de Bungo había consistido sobre todo en dirigir a sus dos jóvenes ayudantes. Eran ellos quienes habían cargado con el trabajo pesado, sobre todo Cavada, flamante jardinero de la Residencia Bolsón. Habían partido aquella mañana rumbo a La Cantera, y comprado para el piso del vestíbulo las mejores lajas que se pudiesen hallar en las cuatro cuadernas. Bungo estaba decidido a tener el agujero-hobbit más señorial de la Comarca, y si bien pocos dudaban de que Bolsón Cerrado ya lo fuese, él continuaba embelleciéndolo a través del tiempo. Veintidós años hacía que lo había mandado excavar, tras comprometerse con Belladona Tuk. Quería darle a su futura esposa una vivienda digna de su alcurnia y estado financiero (los Tuk eran la familia más rica desde las Quebradas Blancas hasta el Brandivino). Además, inútil es la torta si no se le hinca el diente, sostenía Bungo, y ¿para qué tenía Belladona tanto dinero si no era para gastarlo? Así era como funcionaba una mente Bolsón.

Y últimamente lo había acicateado el comentario insidioso de su cuñada Camelia Sacovilla acerca de la alfombra del vestíbulo que se tendía aún sobre tierra apisonada (curioso detalle rústico, lo llamó) y no sobre un verdadero piso, es decir, un piso enlosado. Lo que Camila en verdad tenía era envidia: ambicionaba vivir en un agujero como el de sus cuñados, y el buenazo de Longo (¿Cómo podía haberse casado con una mujer tan odiosa?) estaba siendo exprimido hasta las últimas fuerzas para darle el gusto, deslomándose de sol a sol como ningún Bolsón decente había jamás hecho antes.
Cuando Bilbo y Cavada entraron, resoplando y sudorosos, Bungo estaba dando cuenta de los últimos pasteles, mientras que su mujer se había acercado a examinar más de cerca las losas que se amontonaban a la puerta.

- No me gustan. Son muy grandes, y mal cortadas.- dijo. La porción de pastel que estaba engullendo se le atragantó a Bungo, y Bilbo tuvo que palmearlo con fuerza para desatorarlo.
- ¡Pero Bella... son las mejores piedras, me han costado una fortuna! ¿Qué tienen de malo?
- No era lo que yo tenía pensado.
- meneó la cabeza Belladona, con esa cabellera casi rubia que había trastornado a Bungo cuando la conociera- Es inútil, no se puede conseguir este tipo de trabajos entre los hobbits. Haría falta el talento de los enanos, tal vez ir a buscarlos más allá de Bree, o algún artesano élfico...
Esta vez Bungo palideció como si hubiese visto un espectro.
- ¿E...elfos... ena , enanos? - Balbuceó - Dios mío, ¿por qué se te ocurren cosas tan extrañas? ¿Ir a buscarlos...? ¡Más allá de Bree! ¿Qué tienen de malo éstas? Al fin y al cabo se trata del piso de la sala... no del trono del rey de Norburgo, y sólo las verá quien levante la alfombra para curiosear qué hay debajo... ¡o sea sólo Camelia!

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