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Relatos

La Flor de Simbelmin

por Alejandro Murgia

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El sol picaba y los hobbits alzaron la capota de vaqueta. Iban tan alegres que enseguida se pusieron a cantar tontas canciones de paseo:

Con su vaca Rosafrida

iba el viejo MalaSeta

¡Cricha! ¡Bumba! ¡Craque! ¡Clida!

¡Así hacía la carreta!

Por las sendas pedregosas

cómo salta la carreta

¡Cricha! ¡Bumba! ¡Craque! ¡Trosa!

del lechero MalaSeta

Y al llegar a CuatrOdobos

¡Cricha! ¡Bumba! ¡Rosafrida,

para sorpresa de todos,

les daba  leche batida!

- Hablando de leche batida, estoy comenzando a sentir hambre y sed- confesó Drogo.

- Para tu conocimiento, de aquí a Los Ranales no encontraremos más que praderas y colinas, así que deberemos apretarnos los cinturones por cuatro horas.

- Todo sea por la fiesta. Allí nos desquitaremos. A propósito, primo, ¿cómo es que somos parientes de los Brandigamo?

- No somos parientes - corrigió Bilbo. - Yo soy pariente. Mi madre era hermana de Mirabella, la esposa del Señor de los Gamos. El Señor de Los Gamos es CinturaAncha Gorbadoc, supongo que eso lo sabrás. Tiene siete hijos, y el primogénito, Rorimac; es decir, mi primo hermano, es quien acaba de ser padre de un chiquillo que algún día será Señor de Los Gamos.

- Quien sabe lo que veremos estos días. Por lo que he visto y oído, todos estos gamunos son gente de costumbres insólitas.

- Lo mismo piensan ellos de nosotros. Gorbadoc y los suyos son famosos por su prodigalidad y porque aman las proezas físicas rayanas en lo temerario. Verás que es gente muy jovial y amiga de las chanzas. No creo que tengamos un minuto de aburrimiento.

Pronto el calor se hizo más intenso, y el pobre poney estaba bañado de sudor, pero siguió al trote largo sin protestar. Drogo y Bilbo se turnaron en las riendas y conforme el sol los fue agobiando la charla languideció.

Dos largas horas habían pasado del mediodía cuando divisaron la aldea de Los Ranales. "¡Hurra! ¡Hurra!" gritaron ambos, porque estaban realmente cansados y hambrientos. El leño flotante los recibió con las puertas abiertas, y los hobbits constataron su fama de posada fresca y confortable, una bendición para el viajero estival. Comieron ranas asadas mientras en el establo atendían al poney, y descansaron en la sala un momento, el estrictamente necesario para fumar una pipa y partir luego.

 - Siempre que he estado aquí ha sido de paso rumbo a otro lugar. Debemos volver algún día con más tiempo a conocerlo mejor.- opinó Bilbo mientras le echaba un último vistazo a los muchos sauces que proyectaban su benéfica sombra sobre la aldea y junto al río. El posadero les había contado acerca de los lagos y pantanos que formaba allí El Agua, y cómo era una delicia sentarse bajo un árbol por las noches a escuchar el croar de las miles de ranas que alegraban la zona.

Pero el camino seguía, una cinta tendida hacia el este en la tarde sofocante, y pasó otro par de horas antes de que encontraran nuevos poblados. Atravesaron Surcos Blancos sin detenerse, a pesar de que no faltaba mucho para la hora del té, y cuando el ardor del sol comenzaba a declinar llegaron al punto de donde partía el Camino de Cepeda.

- Aquí tenemos dos posibilidades. - declaró Bilbo tras refrescar los conocimientos consultando su mapa. - Podemos seguir por donde veníamos y cruzar el Puente del Brandivino, que ya tenemos a la vista, para tomar luego el Camino de Los Gamos; o en cambio, tomar el Camino de Cepeda y cruzar el río en Balsadera.

 Bilbo prefería cruzar el puente; no le entusiasmaba demasiado la idea de atravesar un río en bote. Pero al fin prevaleció la opinión de Drogo, que se moría por echarle un vistazo al pueblo de Cepeda y probar su afamada cerveza, aunque fuese en el estribo.

La luz menguaba rápidamente, y una franja rojiza cOdoreó el cielo en el oeste. La temperatura se estaba volviendo sumamente agradable, y los hobbits de nuevo se sintieron felices. En ese estado de ánimo llegaron al pueblo de Cepeda,  que se encontraba en plena agitación. La calle principal estaba adornada con banderolas y cintas de cOdores, y había un cartel a la entrada de La Perca Dorada que decía en grandes letras rojas Feria Anual de la Cerveza. Les fue difícil acercarse para pedir dos picheles porque la gente se amontonaba a las puertas de la posada.

- ¿Qué sucede allí adentro? ¿Qué son esos aplausos y vítores ? - le preguntó Bilbo a un aldeano.

- Es la final del concurso, señor. Hurgo Tragamiel y el señor Pi llevan tres horas bebiendo sin parar; quien resista más será el ganador. ¡Y vaya si resisten estos dos!

Bilbo se dijo para sus adentros que Pi era sin duda un nombre demasiado corto para un hobbit decente, y que la gente de Cepeda parecía en general un tanto extravagante para su gusto, pero por lo menos consiguieron un trago de cerveza, ya que en la calle misma se había instalado un inmenso barril. Y tras probar esa obra maestra de la cebada malteada tanto Bilbo como Drogo le perdonaron a los cepedinos todas sus eventuales faltas pasadas y futuras, y gritaron tres hurras en su honor.

No se entretuvieron más; montaron rápidamente  el marjalés y se hicieron de nuevo al camino, que corría ahora sobre un terraplén. La noche caía rápidamente y el fin del trayecto estaba cercano. Media hora después llegaron al camino de Balsadera, y divisaron el río Brandivino, y más allá, la colina de Los Gamos cubierta de luces. El entusiasmo ganó a los hobbits, porque veían que la animación de la fiesta superaba sus expectativas.

En el muelle los recibió un lanchero vestido de gala.

- ¿Vienen a la fiesta? Permítanme que los cruce. Llegan justo a tiempo.

Con alguna inquietud por parte de Bilbo cruzaron el río en una fuerte balsa, con poney y carro incluidos, y del otro lado unos fornidos hobbits se ocuparon de subirlos.  Más allá del camino, se escuchaban risas y músicas, y voces que coreaban "Ribadyan, ribadyan".  Era el tradicional llamado al recién nacido, y Bilbo se alegró de poder presenciar la anunciación.

- Bueno, amigo Drogo, aquí estamos, al fin del trayecto, cansados pero felices, como se suele decir. Te presento Casa Brandi. - dijo Bilbo, señalando con un ademán teatral la colina que se alzaba frente a ellos.

La noche era azul y diáfana, y como las estrellas en el cielo, así brillaban cientos de ventanitas, con luces rojas y amarillas,  a lo largo y a lo alto de la oscura colina. Junto al gran portón se apretujaba una muchedumbre de hobbits, y había tiendas, y lámparas, y antorchas bordeando el camino, y músicos con arpas y flautas, y criados cuidando de los carruajes. Bilbo y Drogo dejaron el marjalés y se acercaron cuanto pudieron a la puerta de entrada.

- ¡Bilbo, muchacho! - lo saludó un hobbit que se apretujaba a su lado. Era el viejo Orgulas, que se empeñaba en dar la bienvenida y un apretón de mano a cada invitado, en nombre del Señor de Los Gamos, (su hermano mayor) que en esos momentos se encontraba del otro lado del portón principal, listo para inciar la ceremonia. El viejo Orgulas era maniático de la genealogía, y conocía a cada  hobbit que tuviera aunque más no fuera un remoto grado de parentesco con él. Sentía especial simpatía por Bilbo  ya que su sobrino-segundo se deleitaba también con las investigaciones familiares, y aunque no habían tenido nunca demasiadas ocasiones de estar juntos, se entendían a la perfección.

- Traje mi cuaderno, tío Orgulas, y tengo varios datos nuevos  para cotejar con los tuyos.

- Excelente, excelente, muchacho, tú alegras mi corazón. Ah, pero silencio ahora, comienza la ceremonia.

La puerta se abrió en esos momentos y ante el silencio expectante de todos apareció el Señor de Los Gamos, vestido de blanco y dorado. A su derecha se encontraba Rorimac, su heredero, y a la izquierda del patriarca, Menegilda, la esposa de Rorimac y flamante madre, llevaba en brazos al recién nacido, un pequeño y arrugado bebé hobbit con los ojos muy abiertos.

- Señor de Los Gamos - comenzó Rorimac - Éste que ves aquí es el hijo de tu hijo. Quiero anunciar su nombre ante tí y ante nuestra familia aquí reunida.

- ¿Y cuál será ese nombre?- recitó el anciano Gorbadoc, recibiendo al niño de brazos de a madre. - ¿Cómo lo llamarán por intemperie y túnel, allende y aquende, de cuna a bastón, y todas esas cosas? - Al viejo patriarca le gustaban las ceremonias pero las fórmulas largas lograban impacientarlo.

- Se llamará Saradoc Brandigamo - exclamó Rorimac con voz estentórea.

El Señor de Los Gamos alzó al niño para que todos pudiesen verlo, y gritó:

- ¡Bienvenido, Saradoc! ¡Serás fuerte como tu abuelo, y no tendrás rival al puja-y-derriba! Y ahora, amigos, que llueva bebida y nieve comida!

Un grito masivo de júbilo acompañó las palabras poco protocolares de Gorbadoc, y volaron sombreros y sonaron cornetines, y la gente gritó "¡Saradoc, Saradoc!", y "Hurra, hurra",  y la fiesta se dio por iniciada.

Mientras Drogo observaba fascinado los movimientos de mesas que se tendían y viandas que se servían y bebidas que desfilaban entre los invitados, Bilbo se acercó a saludar a Mirabella, que en esos momentos cargaba al chiquitín y lucía feliz.

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