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La Enseña del Árbol Blanco
por Pablo Ginés | Página 4 de 4
-Era una broma, niña. Tranquila. Pero no dejéis de vigilar el sendero del pueblo. Ella marcha hacia la sala del mecanismo, desde donde se controla todo el acceso frontal. Yo dirijo mis pasos a la mansión. Estoy muy cansada, más de lo que estaba dispuesta a admitir en la muralla. La noche es cada vez más fría. Me envuelvo en mi capa para protejerme de la gélida brisa de las Montañas Nubladas.
- ¿Conocéis esta melodía, mi señora Elithil? -preguntó el bardo, pulsando unas notas en su laúd blanco. La joven asintió con un gesto de satisfacción.
- Es la historia de la Caída de Gondolin. El Rey Turgon de los Elfos vivía en la ciudad blanca y escondida de Gondolin, pero Maeglin, el hijo de su hermana, le traicionó y reveló a Morgoth la situación de la ciudad -dijo ella.
- ¡Mi hija sabe muchas canciones de los Días Antiguos, noble Linbeth! -interrumpió el Capitán.
-No sé dónde las habrá aprendido. Rara vez llegan aquí viajeros que recuerden las canciones del pasado.
- ¡Oh, padre! Sabéis perfectamente que las pocas canciones que sé son las que vos me habéis enseñado.
El bardo sonreía mientras tocaba:
-Quizá vuestro padre debió ser poeta en vez de soldado.
-¡Bah, pamplinas! -el señor de la torre alzó la mano, restando importancia al comentario.
-Si las estrellas hubieran querido que yo fuese bardo, me habrían hecho Elfo o campesino risueño, y no Capitán de un puesto en la frontera del reino.
Elithil se giró hacia el visitante:
-¿Vos habéis visto Elfos alguna vez, mi señor Linbeth?
El bardo dejó de tocar.
- Una vez -respondió con voz suave. -Fue en el Valle del Anduin, lejos al norte. Era una hermosa noche estrellada y yo había acampado junto a un arroyo de plata. En su fondo se había escondido la luna y me entretenía tirándole piedrecitas para animarla a salir del agua, aunque ella no me hacía ningún caso. Entonces me pareció que las aguas del arroyo cantaban con palabras. Miré a mi alrededor y, no muy lejos, vi unas figuras vestidas de verde, apoyadas en unos troncos cubiertos de musgo. Cantaban en la Lengua Gris una historia absurda pero hermosa acerca de ratones y ardillas, de gorriones y jilgueros, de encinas y enebros... Y yo no pude sino escucharla, y callar y maravillarme. Cuando terminó la canción ellos desaparecieron como si hubieran formado parte de su propia música. ¿Y querréis creer, bella Elithil, que yo, Linbeth el Bardo, no pude nunca recordar la canción ni su melodía? Y sin embargo, las noches estrelladas, sueño con esa música y me digo durmiendo: "esta vez la recordaré", pero al llegar la mañana todo lo he olvidado, excepto el rumor del agua y la eterna betitud de las estrellas.
- ¿Cómo sabéis que no fue un sueño? -preguntó Elithil.
- Si fue un sueño, señora, entonces Irmo es el mayor benefactor de los hombres -respondió él gentilmente.
Mi cuerpo despierta antes que yo, mis manos aferran yelmo y espada, mis piernas me impulsan fuera de la habitación. He oído el entrechocar de aceros en el salón y sólo ahora, mientras corro hacia la escalera, comprendo que todo ha acabado. Cuando me asomo a la balaustrada, junto a la panoplia de las lanzas, puedo apreciar el pegajoso olor de la sangre. Allí están Borghain, Erchion, Nichaill, varios rufianes de sus clanes y, en gran número, guerreros bárbaros de las Tierras Salvajes. Media docena de cadáveres cubren el suelo: algunos son los cuerpos de las nueras de Aelos. Varios dunlendinos están ahora rematando a Aethel, su hijo pequeño. Supongo que los demás están muertos en la muralla. Traición, piensa mi mente; traición; bombea mi corazón; traición; llora mi espíritu. Pero mi cuerpo no se mueve: inmóvil en lo alto de la escalera parezco una de las piedras vigilantes que los Antiguos labraron en los valles, una estatua incapaz de reaccionar.
Nichaill me ve y ordena silencio con un ladrido seco y autoritario que todos los miembros de la manada obedecen. Sus colmillos blancos sonríen con avidez y me ronronea con la insolencia del poder recién adquirido:
-¡Ay, Elithil! Tus criadas ofrecieron resistencia y tuvimos que defendernos. Excepto la joven Etaine. Ella nos abrió la puerta a cambio de que respetáramos a su amante dúnadan, a quien drogó. Pero no podrá ser: Isengard ya no albergará zorras ni extranjeros.
-Es verdad- murmuro sin saber si soy yo quien habla-, Angrenost cambia esta noche de habitantes. Se vuelve cubil de lobos y guarida de bandidos. El gordo Borghain avanza dos pasos sobre un cadáver.
- Elithil, eres una mujer hermosa y no hay razón para que mueras. Admiramos tu coraje. Elige con cuál de nosotros tres te casarás y podrás seguir viviendo en tu propia casa como hasta ahora. ¿Qué me dices? ¿Cuál es tu respuesta?
Ahora sí soy plenamente consciente de lo que hago. Vivo mil instantes en uno solo, siento detenerse el tiempo mientras mi mano se extiende a mi derecha, a la panoplia de las lanzas. Palpo la madera grabada con runas de velocidad y precisión, me ciega el momentaneo destello de la brillante punta teñida de fuego, mi brazo arroja el dardo y la sierpe de acero se entierra en el pecho de Borghain.
- ¡Esta es mi respuesta! -les grito, y emprendo la huída hacia el torreón del Árbol.
Los bárbaros, repuestos de la sorpresa, me siguen inflamados de furia, aullando en su lengua tosca y brutal. Atropelladamente suben la escalera. Erchion va entre los primeros, empuñando un hacha y un gran escudo. Corro, corro en la estrecha escalera de caracol que asciende a lo alto. Me detengo a respirar. Un dunlendino asoma por el hueco, varios escalones más bajo que yo. Gilrist se hunde en su rostro como un relámpago de luna, y el cuerpo se desploma. Otro salvaje salta sobre él, empuñando una lanza que apenas puede blandirse en la estrecha escalera. Le asesto un golpe certero en el cuello. Los demás titubean unos momentos en el paso bloqueado por los cadáveres. Sigo trepando. Oigo la voz de Erchion tras de mí:
- ¡Dejadme, dejadme, cobardes! Yo enseñaré a esa perra a respetar a sus amos.
No me cabe duda de que lo haría y con placer. Lo espero antes de llegar al piso de madera. Él sube con prudencia: ha dejado de oír mis pasos apresurados. El escudo ha sido abandonado: era demasiado grande. En cambio agarra el hacha con ambas manos. Un duelo torpe y absurdo se entabla entre nosotros. Su hacha no me alcanza, siempre que yo ceda un escalón en cada ataque. Mi espada no puede sorprenderle: también yo tengo problemas para esgrimirla. Abajo se oyen los gritos de los dunlendinos. Y la hiriente voz de Nichaill, azuzando a su cómplice:
- No la lastimes, vendedor de caballos; la quiero para calentar mi lecho.
- Igual te servirá sin piernas o sin brazos -escupe rabioso Erchion. Y entonces se abre hueco Gilrist y alcanza su pecho. El traidor forcejea aún y me golpea el brazo, forzándome a soltar el arma. Cuando se derrumba lo hace con mi espada aún clavada. Los bárbaros se abalanzan pisoteando el cadáver. Y yo asciendo, apretándome el brazo entumecido, subiendo los angostos escalones de tres en tres. Haciendo un esfuerzo llego a la cima y, con el brazo sano, abro la trampilla para salir al exterior. El enmaderamiento, viejo y defectuoso, cruje al sentir mi peso. Cojo uno de los mástiles pequeños de repuesto, una pesada barra de hierro, y espero a que asome mi primer perseguidor por la trampilla. Cuando lo hace, descargo el asta sobre él. Lo veo caer con la cabeza ensangrentada, pero varios brazos fuertes agarran mi improvisada arma y me la arrancan de las manos.
Cuidadosamente paso a las almenas mientras ellos suben en tropel. Nichaill va el segundo, siempre escudándose tras alguien. Dejo el suelo de madera y me subo a la ancha piedra del torreón, como un pináculo más. El viento me azota con fuerza. El cielo empieza a teñirse de rosa en el Este. El suelo de madera cruje bajo el peso de los dunlendinos.
- Elithil -dice el traidor, frenando a sus lobos- ¿qué haces en lo alto de la almena? ¿Nos has hecho subir esta escalera inacabable para suicidarte? Pensaba que los dúnedain tenían prohibido darse muerte a sí mismos.
-Así es. No saltaré -le digo. -A menos que sea arrastrando a un enemigo conmigo. Ven a buscarme y te aseguro que acabarás estrellado contra el patio de la mansión.
- ¡Vamos! -el lobo sonríe y da un paso hacia mí. - ¿Haces profecías o me amenazas? También yo soy profeta, y te vaticino una buena noche conmigo bajo una piel de oso. Piénsalo. Con el tiempo llegarás a apreciarme... ¿no es eso lo que dicen? Necesito alguien que conozca bien el anillo junto a mí. No hay por qué morir.
La torre cerrada de Orthanc bajo la luz naciente, ¿es hermosa o terrorífica? A mis pies está el valle de Isengard: la muralla del anillo, el lago, los frutales, los riachuelos de la montaña, el pueblo agitado. Aquí, a mi lado, el Árbol Blanco en el paño ajado. Este es el señorío que se me confió.
- Nichaill -le digo- eres un traidor y un asesino. Pero, peor aún a mis ojos, eres también un cobarde. Ven a buscarme si te atreves.
La risa del bribón resuena en lo alto.
- ¿Buscarte? Yo soy ahora el Señor de la Torre y tengo autoridad para dar órdenes, perra inmunda. No necesito arriesgarme. ¡Traédmela! -ordena a sus sirvientes. Pero ya es demasiado tarde para ellos. La vieja y podrida madera del suelo del torreón, torturada por un peso muy superior al que puede soportar, se abre, como la grieta devoró los Silmarils, y caen en el vacío los ocupantes del torreón. Nichaill salta a tiempo sobre una viga gruesa se apoya en la piedra de la pared. Los aullidos de los dunlendinos cortan el aire como cuervos de dolor. No miro: no necesito verles caer. Nichaill saca una daga de su cinto, un cuchillo cruel de hierro negro.
- Mujer, se acabó el juego. Tu cabeza adornará mi nueva chimenea.Feliz caída.
No dejo que me lo arroje. Salto, extiendo las alas. Soy un águila de Manwë, un mensajero alado del destino, señora de las nubes, reina de los vientos. Mis garras son de acero, mi abrazo es mortal. Mi cresta es oscura, mi melena es negra noche. Atrapo a mi presa cayendo desde arriba y conmigo la arrastro, la hundo hasta el fin. Soy un águila de Manwë. Antaño volé cerca de un rey, en la cima sagrada del Meneltarma. Hoy culmina mi destino, se terminan mis días, cumplo con mi deber. El traidor muere conmigo, bajo la sombra del estandarte, viejo y ajado, de un Árbol Blanco en las almenas. u
"Los dunlendinos (...) se apoderaron del Anillo de Isengard, matando a los pocos sobrevivientes que no estaban dispuestos, como lo estaba la mayoría, a mezclarse con el pueblo dunlendino." Cuentos Inconclusos III, p. 184.
