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Ataque al Monte Aurth
por Wrolff de Wueden Thall | Página 1 de 5
Sí, ahora estaba seguro. Podía oír unas botas pesadas forradas en metal y el tintinear del acero. Varias personas con armadura se acercaban apresuradamente. Al poco vio cómo la luz de una antorcha se abría paso en la oscuridad, allí arriba, en la boca del pozo. ¡Por fín le sacarían de aquel pozo maloliente! Unos Enanos se asomaron al abismo.
-¡Soy Wrolff de Wueden Thall! ¡Sacadme de este inmundo agujero!
-¿Estás bien, Hombre? -preguntó uno de los Enanos.
- Me he roto una pierna, y me duele todo el cuerpo, pero dejando eso de lado, pues sí, estoy perfectamente -respondió. -¿Pensáis sacarme de aquí algún día?
- Un momento. Enseguida llega Vírfir.
- Mandadme algo de luz al menos.
Los Enanos se miraron.
- Desde aquí te alumbraremos.
Malditos Enanos. ¿Qué les cuesta tirarme una antorcha?
Al poco llegó el líder del clan. Los Enanos descolgaron una escalera de cuerda y Vírfir bajó, tras despojarse de la armadura. En cuanto llegó al fondo se acercó a Wrolff y le estrechó la mano con efusión:
-Muchacho, me alegra haberte encontrado por fin. Estábamos a punto de irnos. Los Orcos están cargando contra los accesos y teníamos cincuenta hombres buscándote.
- Vírfir, ya ves que no estoy en muy buen estado, pero aun no soy un lisiado. Dame un arco y ponme tras un parapeto y verás que puedo compensaros.
- Ya, ya, muchacho. Tranquilo. Por cierto, ¿qué es esto que huele tan mal?
El Enano olisqueaba como un mastín tras un rastro.
- ¡Yo que sé! ¡Todos estos túneles apestan!
- No, no...esto es distinto -murmuró Vírfir. Se acercó a la pared más lejana y se agachó, como examinando la piedra. -Vaya, vaya... Esto no es roca viva... Y el olor... ¡Sí! ¡Sí, por la barba de Durin! -El Enano se echó a reír. -¡Wrolff, tienes piedra de minero, sí, señor!
- ¡Vírfir! -gritaron desde arriba - ¿Te bajamos una antorcha?
- ¡Por los Siete Padres! ¡Ni se os ocurra! -gritó Vírfir espantado.
Los Orcos sabían lo que les esperaba arriba y trataron de contrarrestrarlo. Habían construído unos muros de madera reforzados con metal que se apoyaban sobre ruedas. Sobre la madera habían clavado pieles curtidas y empapadas, para evitar que fueran fácilmente incendiados. Los parapetos móbiles aparecieron lentamente, avanzando como una gran pared. Detrás se adivinaba un hervidero de orcos, escudo en alto para protegerse de los proyectiles que cayeran bombeados por detrás del parapeto. Los tambores aceleraban el ritmo progresivamente.
- ¿Qué crees que harán, Firth? -preguntó Svíarr.
- Probablemente se acercarán lentamente, no importa lo que les tiremos y luego se lanzarán al asalto de las fortificaciones. Nuestros ballesteros no nos servirán de nada y poco a poco nuestra infantería pesada se irá desgastando. No es un gran avance para la ciencia militar, pero esa opción es suficientemente efectiva para ellos. Eso sí, sus cadáveres se amontonarán hasta bloquear el túnel.
-¿Falr?
El anciano entrecerraba los ojos, como si su vista no alcanzara a distinguir bien la escena.
- Si hacen lo que dice Fithr, malo. Pero puede ser peor.
- ¿Peor?
- Sí, mira, eso es lo que me temía - Falr señaló el túnel. Había dos hileras de parapetos móbiles´, una detrás de otra, acercándose inexorablemente a las líneas de los Enanos. Pero lo que había alarmado a Falr era una enorme mole de madera, recubierta de pellejos húmedos que se movía tras ellas. Parecía una gran plataforma sobre ruedas fortificada como un torreón, más ancha que alta, de la que tiraban varias docenas de Orcos, protegidos por las primeras líneas, y a la que debían empujar muchas docenas más por detrás. Los tambores aceleraban aun más su ritmos. El cuerno de las profundidades retumbó de nuevo. Los Enanos aferraron sus armas con fuerza.
Y de repente la torre infernal empezó a vomitar proyectiles en llamas contra las fortificaciones de los enanos, como un dragón enfurecido. El túnel se tiñó de rojo. La mayoría de los proyectiles se estrellaron contra los muros que se habían levantado o contra el techo del túnel, pero algunos cayeron en las filas de la artillería. Los parapetos de los Orcos se movían más rápido ahora.
- Ahora nos toca a nosotros- dijo Svíarr. -Falr, da la orden a nuestros artilleros.
- Si me permites, tengo una idea mejor -respondió el anciano.
Los Orcos ya habían recorrido la mitad del camino. Los Enanos podían oír sus gritos e insultos. Aquellas bestias se habían envalentonado al ver que podrían llegar al cuerpo a cuerpo sin que los Enanos intentaran siquiera devolver el fuego. Protegidos como estaban y orgullosos de su ingenio mecánico, empujaban los parapetos cuesta arriba entre chanzas y aullidos. Ante ellos sólo veían unos cientos de Enanos exhaustos y aturdidos a los que exterminar metódicamente.
De repente, la artillería enana disparó una andanada de grandes bolas de plomo envueltas en fuego y de enormes arpones cuya cabeza de metal asemejaba una media luna. La primera pared móvil resistió el impacto de los macizos proyectiles bastante bien, pero cuando los Orcos se incorporaron aliviados, vieron una oleada de Enanos cargando contra ellos con un grito que era viejo cuando el mundo era joven. ¡Baruk Khâzad! ¡Khâzad ai mênu! Y en el centro del túnel, flanqueado por dos columnas de robustos Enanos, bajaba rodando a toda velocidad un grueso ariete de reluciente punta de acero. El tronco golpeó contra la pared de madera partiéndola en dos. Los Enanos se abalanzaron brutalmente contra los Orcos que habían estado empujando el parapeto y contra los que aguardaban detrás para lanzarse al asalto. Éstos últimos, empujados contra el segundo muro de madera, apenas pudieron maniobrar. La infantería pesada de las Montañas Grises, en su mayoría gente de Fithr y Svíarr, hicieron una masacre en apenas unos minutos. Svíarr, enfundado en metal de los pies a la cabeza blandía un hacha de doble filo con mortal efectividad. La usaba con las dos manos, sin escudo, pero contaba con su guardia personal para protegerle. Desentendiéndose pronto de la primera línea de Orcos se abalanzó contra el segundo parapeto golpeando furiosamente la madera. Una docena de Enanos con grandes picos y azadones se le unieron en la tarea mientras el resto les cubrían. Desde la torre llovían flechas pero las cotas y las corazas forjadas para la venganza cumplían su cometido admirablemente. Un par de los compañeros de Svíarr cayeron frente a él, pero otros les relevaron, tomando el pico y hundiéndolo contra el parapeto. A cada golpe invocaban las hachas de los Enanos. ¡Khâzad aimênu! Al fin la castigada madera se hundió y los Enanos entraron en tromba, su líder a la cabeza, abriéndose camino hacia la torre, cuya artillería había enmudecido. Pero tras la torre no había porteadores ni esclavos de Orcos, sino grandes Orcos montañeses, de pesadas cimitarras y colmillos afilados.
- ¡Svíarr, ve a por la torre! ¡Yo me encargaré de esa chusma! -gritó Firth. Svíarr, asintiendo, reunió a su clan y descargó contra la torre un golpe como si estuviera talando árboles en los valles grises del norte. Aun podía ver la gente de su amigo enfrentándose a aquellos monstruos corpulentos y encorvados. La batalla en el túnel era ya un caos de cuerpos y golpes, una vorágine de sangre y odio, la culminación de un enfrentamiento ancestral, pactado por los Dioses antes de que sus razas existieran. Svíarr maldijo a los Orcos, maldijo la guerra, y maldiciendo cargó contra el enemigo, hundiéndose en una muralla negra y erizada. Y maldijo y golpeó durante horas, años, edades sin fin... hasta que la oscuridad se apoderó de él., retumbando aún en su cerebro el cántico de las hachas.
-¡Eh, ya ha vuelto en sí!
El Sol clavó puñales de luz en las retinas del Enano haciéndole tomar dolorosa conciencia de su existencia. Svíarr se tapó el rostro con el brazo y vio a sus comandantes en torno suyo. Intentó incorporarse.
-¿Qué...?
- Ganamos la batalla, Svíarr. Más o menos. Hubo muchas bajas. -Oyó la voz de Fithr. -Mantuvimos las posiciones diez horas más y nos fuimos. Hemos abandonado Aurth. Aún quedan muchos Orcos.
-¿Cómo? -Svíarr se puso en pie, ignorando el fuerte dolor que empezaba a despertar en su cabeza.
Entonces, ¿hemos perdido? Los Orcos aún controlan el monte, y nosotros hemos sido expulsados. Muchos de los nuestros han muerto y hemos fallado al hijo de Thrór. Hemos dado un paso más, bajando un peldaño en la historia del declive de nuestro pueblo. Moria, el viejo Reino de Dáin, Erebor y ahora esta guerra sin esperanza...¿Qué nos queda?
Miró a su alrededor: Falr estaba muy pálido y avejentado. Fithr tenía la cara surcada de cicatrices. El joven Bítr ostentaba un brazo en cabestrillo. Vírfir había perdido cota y medallón y mostraba su peludo torso envuelto en vendajes ensangrentados. Todos estaban sucios y polvorientos, consumidos por el cansancio y el agotamiento de tantos días de esfuerzo. Pero, entonces, ¿por qué estaban allí, bajo los árboles repletos de jilgueros, sonrientes como aprendices el día de su graduación en la forja?
-Míra , Svíarr. Hemos esperado a que despertaras para que pudieras verlo. -Firth señaló hacia el monte, muy cercano. Los khârz, diseminados por las laderas boscosas, observaban con atención la poterna secundaria que Bítr había estado vigilando. No muy lejos, Wrolff el Norteño reposaba con una pierna vendada y entablillada, la mirada fija en el monte. Sonó una trompeta, dos notas claras bajo el sol y los árboles. Al poco, del orificio salieron corriendo cuatro Enanos, agazapados como si quisieran esquivar una lluvia de flechas. Svíarr observaba sin comprender.
Y entonces, el Mazo de Mahal golpeó el yunque de la Creación, con un estruendo tan fuerte que todos ensordecieron. La tierra tembló. Los árboles se estremecieron. Bandadas de pájaros se alzaron aterrorizadas. Una densa nube de polvo ocultó el Monte Aurth. Bloques de roca se colapsaron. La explosión retumbó en el pecho y el estómago de todos los Enanos sin pedir permiso al oído. Y entonces, Svíarr comprendió. Vírfir se incorporó fatigosamente y se golpeó las grandes orejas.
-Pues, sí, Svíarr, muchacho. Nuestro Wrolff tiene piedra de minero. -Y una risita asomó en sus labios, a la vez que señalaba con el pulgar por encima de su hombro al guerrero de la pierna vendada- Es la primera vez que me alegro de que uno de mis hombres encuentre gas en vez de oro. Una bolsa enorme, por cierto.
-La más grande que he visto jamás -dijo el viejo Falr con solemnidad.
-Espantosa, diría yo -sonrió Fithr.
- Colosal -sentenció Harrfíli.
Y los comandantes se miraron, sonrieron y se unieron al ejército, que emprendía ya la marcha hacia Wueden Thall, pensando en la espumosa cerveza que sin duda los norteños habían reservado para cuando llegara el invierno. Y con los corazones alegres, los Voluntarios de las Montañas Grises entonaron una canción de marcha, la primera tras muchos días de viaje lejos del hogar, y los valles resonaron con sus voces, mientras el polvo se aposentaba sobre las sepultadas ruinas del Monte Aurth.
