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El invierno de 1311
por Alejandro Murgia | Página 7 de 7
La fiera se agazapó y preparó su arremetida. Bungo calculó apresuradamente las posibilidades que tenía, y se dijo a sí mismo que un lobo pesado y torpe no podía ser más veloz que un hobbit.
Miró el bastón, alzó la vista, contempló la repisa encima de la puerta, consideró la resistencia del tirante que hacía de soporte, y en el momento que el lobo saltaba con sus fauces enormes y sus colmillos afilados, saltó él también hacia un costado propinándole al pasar un fuerte bastonazo a la base de la repisa.
Bungo rodó camino abajo. El lobo dio una dentellada en el vacío y se golpeó el hocico contra la puerta de entrada, pero no tuvo tiempo para hacer nada más porque en ese mismo instante se desmoronó sobre él la repisa con sus tres quintales de piedras de La Cantera y toda la nieve acumulada encima.
El estrépito fue infernal. Cuando Bungo detuvo su caída y pudo ponerse de pie, antes de convertirse definitivamente en una bola de nieve gigante rumbo al puente de El Agua, comprobó que el animal yacía sepultado bajo las piedras tal como lo había previsto, y no daba ya señales de vida.
Todo había sucedido tan rápido que por un momento se preguntó si realmente había ocurrido o simplemente lo había soñado. Había un lobo muerto a las puertas de su agujero-hobbit, aunque ahora apenas se veía un pedazo de la cola asomando entre la maraña de losas, barro y nieve. Bungo no salía de su asombro. ¡Un lobo! ¡Cómo los que poblaban las historias!
En ese momento la puerta se abrió, y aparecieron uno detrás del otro Bilbo, Belladona y Longo, dispuestos a encontrarse lo peor.
- Bungo, ¡estás bien!- exclamó la hija del Viejo Tuk corriendo en brazos de su marido.
- Entremos, entremos- decía Bungo entre abrazos y besos. - No ha pasado nada.
- ¡Has matado al lobo!
- Tonterías, tonterías. Entremos que el tiempo está muy malo.
En su excitación, Bungo no sabía lo que decía, y fueron necesarios muchos bocados de pastel y algunos vasos de vino para lograr arrancarle más palabras que esas.
- Tonterías, tonterías - repitió durante unas horas, hasta que recobró el buen juicio y los pies dejaron de temblarle. Estaba sentado junto al fuego y le habían cubierto las piernas con una manta.
- ¿De qué tonterías nos hablas? - preguntó Longo - Todos hemos visto con nuestros propios ojos un lobo horroroso detrás de ti.
Bungo los contempló uno por uno, y luego de meditar un momento y dar un gran suspiro dijo:
- Están equivocados. No era un lobo, sino un perro famélico que me venía siguiendo desde casa de mamá. Un pobre perro anémico. Con toda la nieve que llevaba encima, no me extraña que lo hayáis confundido con un lobo. Tuvo la mala suerte de encontrarse en el umbral en el momento de desmoronarse el alero con las losas, y eso fue todo. Por suerte yo me aparté y salí ileso. Desgraciado accidente
Todos lo miraron atónitos.
- ¿Estás seguro de lo que dices ?
- Completamente. ¿Qué esperaban? Les he advertido que exageran con sus fantasías y sus historias absurdas. Aquí no ha pasado ni pasará nada. Apenas mejore el tiempo recogeremos esas piedras y sepultaremos al perrito, pero de eso me encargaré yo y mi ayudante Manoverde. No quiero que se acerquen a la puerta.
Y dicho esto, encendió su pipa y no dijo una palabra más por el resto de la noche.
Fue necesario que Bungo repitiera muchas veces la historia para convencer a sus parientes de que no habían visto lo que sus ojos les mostraron. Pero tanto hizo que finalmente lo logró, y Bilbo llegó un día a olvidar el incidente, que era todo lo que Bungo deseaba del asunto.
El resto de la historia la guardó celosamente en su corazón. Sólo de cuando en cuando, en la serenidad del estudio o en una perezosa sobremesa, a Bungo lo asaltaban los recuerdos, y su expresión se hacía reconcentrada y grave. Entonces Belladona comprendía que su esposo estaba pensando en el lobo, y no decía nada, porque ambos sabían que existían cosas que era preferible no decirse, y ése era el secreto de su felicidad.
Por su parte, Longo nunca terminó de entender del todo lo que había ocurrido esa tarde, pero como tampoco podía imaginarse una razón para que su hermano no contase la verdad, aceptó sus argumentos y cerró el caso. De modo que cuando, cinco semanas más tarde, los caminos se hicieron nuevamente transitables, y él y su familia volvieron a Delagua, el episodio era ya agua pasada. Ni siquiera le extrañó que su madre, a quien entraron a saludar camino a casa, no recordara en absoluto la presencia de Bungo aquellos días en la ancestral morada de la familia. La pobrecita tenía ya noventa y siete años y, aunque era aún la cabeza del clan Bolsón, no conservaba su propia cabeza en las mejores condiciones.
NOTAS FINALES
Bungo Bolsón no fue ningún hobbit notable, ni pretendió serlo. Pero la del lobo blanco (o perro famélico) fue la aventura más importante - tal vez la única- de su vida, y bien podría haber estado orgulloso de ella, sino fuera porque, como sabéis, odiaba las aventuras. Todo lo que quería era que no le faltase nunca fuego en el hogar, provisiones en la despensa, y una pipa con la que se sentase a contemplar la belleza de su jardín.
Así transcurrió el invierno de 1311, que fue recordado por largo tiempo entre los hobbits. Se trató de un invierno largo y cruel, pero - como todas las cosas- concluyó al fin y la primavera trajo las flores inaugurales de Bolsón Cerrado. Hubo bastante trabajo para Cavada Manoverde ese año, y fue sólo la primera de muchas primaveras.
