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El invierno de 1311

por Alejandro Murgia | Página 3 de 7

Bungo se sentó, y por un momento se hizo silencio en la posada. Luego el viejo Tolma, que estaba sentado en un rincón, se aclaró la garganta y dijo:

- El tiempo está malo. Presiento un invierno demasiado frío para mis huesos.

- Dicen que el Brandivino se ha congelado.

- Malo, malo. Hace mucho tiempo que no nieva tan temprano. La última nevada en octubre fue en 1280, cuando aún reinaba el rey de Norburgo.</p>

Manoverde intervino entusiasmado:

- ¡El señor Bungo dice que vendrán los lobos!

Unos ohhh! de sorpresa se extendieron entre las mesas.

- ¡Bueno, bueno, muchacho! - aclaró Bungo un tanto contrariado - No creo que yo haya dicho exactamente eso. En todo caso, no me interpretaste correctamente.

- Si vienen los lobos - reflexionó un joven en la mesa contigua - tendremos que buscar entre los mathoms y sacarle el moho a las viejas armas.

Enseguida la excitación ganó a los presentes, y todos referían al mismo tiempo sus anécdotas, ideas, y armas para combatir lobos. Quien no tenía un escudo y lanza del abuelo, disponía de arco y flecha y era experto en cazar liebres. Si uno era capaz de acertarle a una liebre, argüían, tanto más lo sería de darle a un lobo. Alguien llegó a sugerir que debían encontrar al mago amigo del Thain y pedirle en la emergencia flechas encantadas que se disparasen solas. En ese punto algunos parroquianos, entonados por la cerveza, retomaron la canción de los botones mágicos.

Bungo se sintió seriamente preocupado por Bilbo. Temía que a su hijo se le contagiaran estas ideas raras; y enterarse de que el abuelo del muchacho tenía tratos con un mago no le causó ninguna gracia. Por fortuna hasta el momento Bilbo jamás había dado muestras de interesarse por ese tipo de cosas, y se había comportado siempre como un típico y auténtico Bolsón. Pero había que preservarlo de la locura, y traerlo a la posada exponiéndolo a la perniciosa influencia de estos pueblerinos achispados había sido indudablemente un error.

- ¡Cambiando el tema de conversación! - exclamó Bungo en un último intento desesperado - Si alguno de ustedes conoce quien necesite lajas de La Cantera, de primera calidad, como para enlosar un agujero-hobbit entero, a buen precio...

Pero, en la algarabía general, ya nadie lo escuchaba. Preferían imaginar nuevas estrofas en que el viejo Tuk y sus botones se enfrentaban a los feroces lobos de las Montañas Nubladas.

Bungo dio por terminada su intervención en el debate asegurando a quien quisiese oírlo que "aunque todos los hobbits de la Comarca insistiesen en bufonadas por el estilo, él, por su parte, juraba solemnemente so pena de no volver a tomar una cerveza en su vida, que jamás se vería envuelto en ninguna aventura con un lobo, y que estaba muy orgulloso de eso".

- Vamos, muchachos. Se nos ha hecho tarde. Miren, la nieve arrecia. Será mejor que consigamos un vehículo, Bilbo, y que aprovechemos para aprovisionarnos de patatas y de conejo ahumado.

Así que arregló la compra de víveres con el posadero y, despidiéndose de Manoverde, que vivía a menos de dos estadios de allí, padre e hijo iniciaron el regreso a casa.


Durante los días siguientes el cielo permaneció gris, y una tenue nevisca siguió cayendo sobre la Comarca. Como otros hobbits, Bungo había equipado las despensas de Bolsón Cerrado en vistas de un largo invierno. Tenía suficiente provisión de víveres y leña como para mantenerse confortablemente hasta la primavera ; y le agradaba sentarse en su estudio, junto al fuego, contemplando los copos de nieve y adivinando debajo de esa blancura que cubría el jardín la vida dormida de las semillas que se convertirían en unos meses en árboles y plantas floridas.

Precisamente se hallaba sumido en esa agradable contempla¬ción cuando Belladona, a sus espaldas, le recordó una tarde la visita de su hermano Longo y su cuñada Camelia.

- Tienen que estar por llegar.- dijo, acercándose al antepecho de la ventana.

- ¡Cielos! Lo había olvidado. ¬ - Bungo se asomó afligido, con la esperanza de no hallar ningún carro en el horizonte - Sería una locura que viniesen, con este tiempo.

En efecto, los caminos estaban bastante malos a causa de la nevada, pero aún eran transitables. Bungo deseó interior¬mente que el tiempo empeorara.

- Conoces a Camelia, Bungo. Una invitación a tomar el té no se cancela fácilmente para ella. La tendremos aquí, opinando acerca de las imperfecciones de nuestra sala, en menos de media hora.

Bien sabía Bungo que era así. Esa mujer tenía la virtud de sacarlo de sus casillas ; y el piso del vestíbulo sería nuevamente su blanco preferido. No había podido convencer a Belladona de usar las losas de la Cantera, y todo seguía como en la última visita de su cuñada. Apenas había hecho a tiempo de apilar las losas encima de la puerta de entrada, sobre la ladera de la colina, apoyándolas en una repisa improvisada que ahora se disimulaba con la nieve.

- Esperemos que el soporte resista.- se dijo Bungo- No quisiera que las losas se vinieran abajo justo en el momento en que Camelia hiciese su entrada, sepultándola.

El viejo hobbit se rió de su propia broma, y cuando alzó nuevamente la vista, distinguió claramente el carruaje que cruzaba el puente de El Agua, detrás del molino de Arenas, subiendo la colina.

- Oh, no. Comienza el suplicio.


- ¡Entrad, entrad, y bienvenidos!- dijo Bungo, que no olvidaba las reglas de cortesía debidas a un huésped - ¡Pasadme los abrigos! ¡Oh, trajeron al pequeñín!

- ¡Bungo, hermano! - lo abrazó efusivamente Longo. Traía en brazos al pequeño Otho, y el rostro se le iluminaba de orgullo.

- ¡Pero ese niño es un verdadero encanto!- exclamaba Belladona mientras preparaba la mesa para el té en menos de lo que se tarda en decir merienda de invierno.

- Oh, querida, gracias, gracias. - decía Camelia, ¬hecha un manantial de simpatía- ¬¿Verdad que es divino? Todos lo dicen. No hay otro bebe hobbit como nuestro Otho.

“Está esperando a desempacar y apoltronarse junto a la mesa para comenzar a arrojar sus dardos” pensó Bungo mientras sacudía la nieve de los abrigos y los colgaba en los percheros del vestíbulo.

Enseguida todos estuvieron en sus puestos. El joven Bilbo terminaba de traer los pastelillos y las tortas, que encontraron su lugar en un mantel atiborrado de teteras, jarras de leche, rodajas de pan, y potes de mermelada. Entre hobbits no se acostumbra hacer esperar demasiado a las visitas para servirles una suculenta merienda, sobre todo después de una larga travesía bajo la nieve. La charla y las noticias pueden siempre esperar un poco, y en todo caso, no sin un alegre preludio de tazas y cucharas tintineantes.

- ¿Cómo está mi sobrino preferido? - exclamaba Longo, que era un sentimental incorregible, palmeando a Bilbo, mientras engullía un pastel de limón.

- ¿Y cuánto tiempo tiene este niñito?

- Va a cumplir un año este mes. - Le contestaba Camelia a Belladona mientras iban y venían las teteras de un rincón a otro de la mesa, entrecruzándose como la conversación.

- Es un hermoso y digno ejemplar de Bolsón - sentenció Bungo en una frase apenas inteligible que se abrió paso entre un pastelillo y un sorbo de té. Lo decía más que nada para complacer a Longo; en el fondo, el pequeño Otho no le parecía más que un mamarracho sin gracia alguna.

- En realidad heredó los finos rasgos de los Sacovilla. - aclaró Camelia. - Y desde muy pequeño tiene estos hermosos bucles ¿Te acuerdas, en cambio, Belladona, qué feo era Bilbo cuando nació, con esos cabellos hirsutos que se resistían a cualquier peine?

Belladona sonrió soñadoramente, contemplando a su hijo.

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